Vinieron, vieron y se volvieron
Y como si el domingo fuera poco, cayeron las tías de visita. Llegaron como siempre, con menos ímpetu que un huracán, y se instalaron toda la tarde a tomar mate. Con lo que odio el mate. Pero si encima lo declaro se produce del cisma familiar y se nos viene la cena invocando costumbres patrias y ventajas diuréticas. Trajeron bollo casero, eso sí, y muchas ganas de subir y bajar los entrepisos del chusmerío propio y hundir los dientes en el de la parentela y la cercana vecindad. Así que me la pasé haciendo malabares sin que se dieran cuenta. Pateando debajo de la mesa y metiendo adentro del placard todo indicio de mi historia reciente pasible de ser cuereada en reuniones ajenas adonde caigan las tías con torta de manzana, energía extra y horas de horas por delante. Terminé fundida y no eran ni las once. Con todos los platos por lavar y las anécdotas por guardar en su lugar de siempre. Y en esta casa, que nadie te colabora ni un poquito.
