La vida clara. Clarita
- Mi marido me dijo: o el perro, o yo.
Clarita es mi compañera en el trabajo. Suele desayunar conmigo y no sabés si empezar el día tomándote un café con ella, o tirándoselo encima.
- ¿Qué perro?
- Ah, ¿no te conté? Estamos por comprar un perro. Por los chicos, viste.
- ¿Y por qué se opone?
- ¿El perro?
- Tu marido, Clarita.
- Ah.- le da un sorbo a su té de manzanilla - No sé. Así que en un rato me escapo y voy a verlo.
- ¿A tu marido?
- No, al perro.
Clarita es pequeña, menuda, suave; tan blanda por dentro y por fuera, que te darían ganas de matarla.
- ¿Y cómo creés que se lo tome?
- ¿El perro?
Cuento despacito y en silencio, con el café tentándome desde el fondo de la taza.
- Tu marido...
- Ah, no sé. Ese no es mi problema.
- ¿Y de quién va a ser el problema, Clarita?
- Del perro.
- ¡Pero el kilombo lo vas a tener vos!
- ¿Yo? no. En todo caso mi marido.
- Pero, a ver - trato de agarrarme a algo de sentido - ¿Al perro no lo iban a comprar los dos?
- Claro.
-Y entonces qué pasó ¿se arrepintió? - y antes de que conteste - Tu marido, Clarita, tu marido.
- No. - me refuta mordiendo una Rodhesia - El perro.
- ¿...?
- Y sí, si no se arrepintió, no me lo explico. Veníamos discutiendo porque llega tarde a casa, y ni bien bajamos del auto, salió corriendo por la calle y no lo vi más.
- Decime que no me hablás de tu marido.
- No, del perro. Era un salchicha precioso, hubieras visto. - coloca el papel metalizado en la mesa y lo estira con los dedos. - Así que fui yo y elegí otro: Un dogo.
Me pierdo, me pierdo, me perdí.
- ¿De un salchicha a un dogo? Pero Clarita...
- Y bueno. A éste lo entreno, y no se me escapa más - me mira antes que diga nada - Mi marido.- y agrega - De eso se encarga el perro.
La miro muy fijo, pero de otra manera.
- Me dijiste que el perro era por los chicos.
- Y claro - asiente, chupándose los restos de chocolate de los dedos - los chicos necesitan un padre en la casa.
- Y un perro - agrego.
- Claro - me sonríe con los dientes brillantes y rubios - ¿Ves que no es tan difícil?
No sé si saltarle encima y despeinarla, o pedirle los apuntes a ver si aprendo de una buena vez.
