Un vaso de leche en la oscuridad

Salimos con unas amigas a tomar algo, y se me hizo tarde. Cuando pasa eso entro a la casa sabiéndola oscura de antemano, me desvisto en silencio y me acuesto sin despertar ni rozar a nadie. Pero esta noche había luz en la cocina. Mi hijo estaba sentado en una de las banquetas frente al desayunador, y hacía girar muy despacito un vaso de leche, como si le buscara la combinación. No se dio vuelta cuando entré. No hacía falta. Le acaricié la cabeza camino a la heladera. Saqué el botellón de agua y estuve tentada a darle del pico, pero me acordé que el nene estaba ahí. El nene. Veinte años tiene el nene, y las mismas rutinas frente a la decepción. Le miré de refilón los ojos colorados, mientras sacaba un vaso de la alacena. Me lo serví, lo tomé de un solo trago, y me quedé ahí, quieta, apoyada en la mesada no sé por cuanto tiempo. Me serví un segundo vaso y lo apuré todavía más. Iba de salida, cuando adiviné que los hombros le empezaban a temblar. Le acaricié la espalda.
- Ya va a pasar, nene.
No me agarró la mano. No podía sin dejar de apretar el vaso.
- Sí, mamá. Ya va a pasar.
Me fui a dormir con un nudo acá, como tantas noches.

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Romualda, Miércoles 31 de Marzo 1 comentarios Más Cuore