Las primeras arrugas
Eran las 9 de la noche y había dos mujeres en la barra del bar. Una era más bien jovencita, no demasiado por encima de los 30. La otra estaba más cerca de mis años, aunque una nube en la cara le desdibujaba los bordes de la edad. La más joven tenía un vaso con cerveza. La mayor tomaba whisky. Charlaban despacio, desde más allá de la costumbre y no hacían el menor esfuerzo en imponerse a la tele del lugar, clavada en uno de esos canales deportivos estridentes. Hablaban desde toda la vida, en un relato compartido donde los silencios van quedándose con el lugar de las palabras, porque exigen menos y dicen mucho más. Yo no quería mirarlas tan de lleno, imaginarle vidas de esposos trabajando a deshoras, chicos con la niñera, casa inmensa perdida en un jardín, y secretaria joven arruinándoles el futuro, pero ya era tarde. La tristeza no requiere más recursos que una mujer tomando un whisky en la barra de un bar.
