Calláte y pasáme el pan

Hoy me levanté cruzada, así que me puse a hacer milanesas. Fui a la carnicería, compré los cortes más duros, y los hice filetear en bifes gruesos. Puse la tabla encima de la mesada de aluminio y le entré a dar. Subía y bajaba el martillo de madera con la furia de una sentencia. No para la pobre carne, que estaba condenada de antemano, sino para los integrantes de esta casa, que algo habrían hecho. Da gusto. Antes se quejaban, protestaban por el ruidaje. Hasta que un día me dí vuelta con los ojos inyectados en salsa y les canté cuatro frescas. Sin necesidad de señalar, enumeré fecha, hora y ubicación en el recinto de los macanazos tirados por el suelo, las desidias mojadas en el piso del baño, los quémeimporta vacíos, guardados meses en la heladera; en fin. Cosas que la gente toma en serio recién cuando la burra se convierte en Espartaco y de un resoplido raja la tierra. Así que ahora cuando empieza la serenata del martillo que hace tronar la mesada y los cimientos de la familia, de refilón se ven sombras que entran a moverse más rápido que linces y dejan todo de punta en blanco, mucho antes que yo termine con la agonía de la carne picada bien finito.
Después nadie dice ni una palabra. Todos se sientan y esperan calladitos las hamburguesas.

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Romualda, Lunes 12 de Abril 0 comentarios Más Esclavitud