Polo
Mi hermano me lleva dos años, y según la época del año, tres. El nació en uno de los primeros meses, y yo me descolgué sobre el final. No importa. A todos los efectos, Polo es mi hermano mayor. Con él aprendí cómo amar para siempre a alguien a quien al principio no hice más que detestar. De chicos me hizo las mil y una, como manda el reglamento, y no sé en qué momento silencioso nos empezamos a querer y no paramos más. A Polo le tocó hacer la punta y abrir el camino por el que yo iba a caminar más tarde. Se tomaba el trabajo de ablandar a los viejos, para que mi travesía fuera más suave y descansada. A veces podía, a veces no. No es poca cosa ser mujer en el interior de la Argentina, y adolescente en una época de rumbos que se chocaban entre sí. Ahí estaba Polo para hacerme gamba, para protegerme, para prestarme plata o para pedirme a mí. En otro giro raro de la vida empecé a ser su mamá. Una mamá piola y confidente, una oreja que escuchaba sin vueltas, y una palabra sin reproches para acariciar su corazón. Cada vez que Polo la pifiaba, yo sufría a cuenta de lo que él iba a sufrir. Le acomodé la corbata el día de su casamiento, alcé primera que nadie a la nena cuando nació, lo acompañé a tribunales los días jodidos, para abrazarlo en medio del dolor. Mi hermano Polo se cae y se levanta con la reserva de vida de un gato, y heridas que tapa con sonrisas para volver a arrancar. Polo es como el Dodge milquinientos que heredó de mi viejo, con el que todos los días se va de corretaje al interior: parece que va a desarmarse, y sin embargo ahí está. Desde donde sea que se encuentre la llama a la nena por teléfono para contarle cuentos, decirle macanas; cualquier cosa, pero hacerla reir. Mi hermano Polo me ha enseñado cómo es posible reconstruir el universo de la nada, tantas veces como se tenga que hacer. Cómo la felicidad, o los cachitos que se puedan, se dibujan no importa sobre qué material. Cuando las almas bellas, las buenas conciencias opinan a bocajarro recostadas en la miseria que da la seguridad; cuando los que repiten lo que les transmitieron a baldazos sin cuestionar un cachito hablan desde la comodidad o el miedo, yo miro a mi hermano en silencio, como cuando nos empezamos a adorar. Lo veo salir del naufragio con la elegancia de un esgrimista. Aprendo sobre la vida viéndolo cerrar los ojos y levantar la cara al sol. Ahí está: majestuoso como un león cansado, un témpano a la deriva del porvenir. Mi hermano mayor, uno más.
