Caballo de sulky, burro de lechero

Con los años he ido acentuando una creciente tendencia a la distracción. Miro las películas mientras por adentro me pasan otros films; me resbalo en las páginas de los libros con la cabeza puesta en una historia distinta, me largo a caminar sin fijarme adonde me llevan los pies. Y es raro, ya que ni dejo de mirar las películas, ni abandono el hilván de la lectura, ni dejo de llegar donde voy. Rebobino la cassetera en busca de escenas perdidas, que entonces descubro que ya ví; repaso párrafos que ya me he contado, y aterrizo en los domicilios buscados sin demorarme demasiado en fijarme cómo llegué. Es difícil ponerlo en palabras, porque es más complicado vivirlo y entender. Se me hace a veces que la relación con el tiempo no es como el original ni la copia de los viejos papeles mecanografiados, sino más bien el carbónico del medio, usado tanto para textos parecidos, que acaba marcado por una trama familiar, tallada por los mismos recorridos. No me pongo a pensar mucho, porque ya me acostumbré a que hilar fino en ciertos temas termina por sumar el susto al desconcierto, ya sea por el alzheimer o lo paranatural. Hoy, por ejemplo, que me detuve en una puerta que no me decía nada, en una calle conocida, pero no mucho más. Una cosa es salir con rumbo a, no sé, pongámosle la Dirección de Rentas, empezar a pensar qué voy a hacer de comida para no repetir el plato de ayer, acordarme que le debo una revista a Clarita, darle vueltas a la cara de la nueva novia del nene, y de golpe encontrarme con que ya llegué a Rentas, no sé cómo, pero sin escalas, y todo bien. Ahora, la puerta de la casa de hoy no me decía nada. No era un destino, no parecía una equivocación. Tenía un zaguán viejo, con paredes baqueteadas y llenas de humedad, y una puerta de esas de antes, facetada simulando un vitral. De adentro venía una radio que tosía esa canción, no sé si se acuerdan, "El sol... / el sol sale para todos... / el sol.../ alumbrará tu camino..." que sonaba mucho cuando yo era pendeja. Los vidrios eran traslúcidos, así que no me sorprendió ver nada más que la silueta de mi pobre abuela, con su renguera típica, amenazándome como siempre con que si no bajaba el volumen, tiraba la radio por la ventana. La música se acabó, y en el mundo se hizo el silencio. Yo me quedé parada un rato más, y después empecé a buscar un almacén para comprar arroz y una lata de atún, cosa de distraerme lo suficiente para llegar otra vez a mi casa y a una época donde una ya es grande y no está para estas cosas.

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Romualda, Miércoles 28 de Abril 2 comentarios Más Miradas