Las vueltas de la cebolla

¿Qué clase de vida estoy llevando? No es lo mismo hacerte esa pregunta contemplando el ocaso, que llorando como la magdalena mientras pelás una cebolla. A mí la cebolla me repite, y me repite la misma cantinela: "¿Qué hiciste de tu vida?" Más hoy, que la estoy deshojando como una margarita para glacearla como la hacía mi abuela.

Cada capita hunde un poco más el cuchillo en la pregunta y deja al descubierto otra pregunta y al final lo único claro es que lloro como una perra. ¿Es esta la vida que soñé, la que temí o la que hubiera evitado? Y pasa otra capa y otra lloradera ¿En qué lugar dejé de ser lo que prometía y empecé a prometer lo que soy? Y así. Las láminas de cebolla se amontonan encima de la tabla como pétalos de una flor traicionera y yo me seco la cara con un repasador, pero ya es tarde.

Dejo caer las capas de cebolla en una taza con lágrimas hasta la medida y empiezo a desparramarle el azúcar por encima calculando la cantidad. "A ojo" decía mi abuela, con los ojos colorados detrás de los lentes, pero ni el ojo ni el azúcar alcanzaba para endulzar semejante guarnición.

De ahí mi abuela se iba al patio y desde lejos la veía gesticular no sé qué cosas, y después se paraba contra la pared, como contando cuando uno juega a la escondida.

Yo no tengo patio, sino balcón.

Pero tampoco tengo tiempo para ponerme colirio, sonarme los mocos, y encima salir a gritarle cosas como "¡Por quéee!" al primero que pase, y menos cuando falta tan poco para poner la mesa.

Romualda, Domingo 09 de Mayo 36 comentarios Más Esclavitud