La bendición de los imbéciles
Iba de corrida a unas diligencias, y vi sentado adentro de un bar a un conocido con el que no me encontraba desde hacía unos meses. Agité la mano sin dejar de caminar; el coso me miró un momento, y sin decir nada ni hacer un gesto bajó la cara y siguió leyendo.
Decí que iba apurada porque me cerraban el banco, que sinó vuelvo y le digo un par de cosas. Que te dejen con el saludo en la mano es lo más humillante que te pueden hacer: quedás como una imbécil delante de toda gente que no te conoce, que es la única que importa. Los que te conocen te permiten regresar del ridículo, y del ridículo se vuelve todavía mejor gente. El ridículo ablanda la mirada que tenés sobre tu propia persona, y te vuelve más permisiva con los demás.
Pero no era el caso, habráse visto.
¡Y en el banco me volvió a pasar!
Dale la Romu con la mano como banderita, y este otro tampoco se mosqueó. Estuve así de pegarle un chiflido con los dedos, pero ya quedaban sólo dos delante mío, y si me quedaba discutiendo hoy morfábamos sandwiches.
Me volví a casa caminando, en parte para arrancarme la mufa y en parte para hacer ommm y terminar de arrancarme la mufa. Y en eso estaba cuando empecé a sacar cuentas. Un tipo que se hace el sota y te deja pagando es una cosa. Dos son tendencia. Y la tendencia lleva a la estadística como por arte de nada, así que sumé dos más dos y caí en la cuenta.
¡Estoy adelgazando!
¡Bajé tanto de peso que la gente ya no me reconoce!
Me cambió el día, mirá lo que te digo. Hasta postre y todo hice. En mi casa no entendían por qué se me dio por cantar mientras limpiaba el horno.
Dios bendiga a los imbéciles, porque son más necesarios que la balanza.
