Donde habita el olvido y más allá

Cualquier oficina en territorio nacional termina pareciendo un ministerio. No importa si es pública o privada. Acá es como el huevo y la gallina: no se sabe quién le copia a quién. Yo supongo que en el resto del mundo pasa algo parecido, porque con esto de internet, me meto en diarios de habla hispana, y al final nos quejamos de lo mismo. En edificios pensados para un uso original, la multiplicación de tabiques divisorios, las paredes agregadas, los pasillos, los armarios, el mobiliario en desuso, van armando un laberinto que reíte del de Creta. Eso sí, nunca pensás que en tu propio lugar de trabajo, buscando donde llorar en paz, te vas a encontrar adentro de una habitación que no conoce nadie.

La telaraña más chica llegaba del zócalo al ventiluz, y sin embargo había una lámpara prendida en un escritorio con papeles, y una lapicera destapada. No me pregunten cómo llegué, porque venía sonándome los mocos y con los ojos entrecerrados, cuando con la espalda abrí algo y me encontré adentro de ese clima de sarcófago.

Ahora, cuando sonó un depósito de agua vaciándose y apareció el viejo secándose las manos, casi me caigo de espaldas como los personajes de Patoruzú. El hombrecito me quedó mirando, y yo temblaba que casi me meo. Pero cuando me sonrió y se le aflojaron las arrugas, algo me dijo que el único riesgo que iba a correr sería equivocarme de categoría para este texto; Oficina, Bestiario o Bizarria.

- No se asuste, pero tampoco levante la voz - se sentó y se ajustó los lentes. - La efectividad de mi trabajo depende de que nadie se entere.

Yo seguía con los ojos como dos nueces, y lo miraba hecha una marmota sin saber qué decirle.

- Si llegó hasta acá, es porque necesita algo - me dijo sacándole punta a un lápiz. - Usted pida, que yo lo tengo.

- Lo único que preciso es tranquilidad - me sentí decirle, como si hablara desde afuera de mi voluntad. - Ya ni felicidad pido.

Detuvo el afilado del lápiz. Me parecía escucharle rumiar pensamientos antiquísimos. Movió la cabeza hacia los lados.

- Eso se puede interpretar de varias formas y usted no tiene tiempo. Lo dejamos para otro día. Le puedo facilitar un analgésico.

- Déme cualquier cosa - le dije empezando a sollozar de nuevo. Me alcanzó unas pastillas del tamaño de una moneda de cincuenta, un paquetito de pañuelos de papel color crema envasados en el año de ñaupa, y una vaso de agua. Me tomé dos pastillas, y no terminaba de tragarlas cuando sentí que me llamaban.

- Romu, Romu... - el chico de la PC me tocaba el hombro a la vez que me susurraba en el oido. - ¿Cómo te vas a dormir así? mirá si viene el gerente... Aguantá que faltan 15 y nos vamos.

Levanté la cabeza bostezando a lo pavo. No pasaron ni dos minutos, que sentí que el llanto me iba creciendo de nuevo desde el fondo del pecho. Abrí el paquete y me soné la nariz con un pañuelito de papel color crema envasado en el año de ñaupa.

Romualda, Lunes 17 de Mayo 46 comentarios Más Oficina