Subordinación y pavor

Cómo me gusta limpiar. Y lavar los platos, ni te cuento. Soy un Terminator en acción cuando agarro la escoba y el plumero. Me apasiona - así lo han entendido en esta casa - recoger el desorden propio y ajeno, convertir una covacha impresentable en un lugar digno para vivir.

Soy un poco menos fanática que Bin Laden, pero igual de efectiva. El día que me toca limpiar me levanto tipo seis o seis y media. Más que bajarme, salto de la cama pasada de revoluciones, pongo música disco a todo volumen y le doy y le doy.

Enciendo la aspiradora, me hago un licuado con mucho hielo aunque sea julio cerrado, pongo la tele en Crónica para enterarme a los gritos qué pasa por el mundo y empiezo el día a todo vapor. Me encanta el ruido de las cuchillas troceando el hielo, y el golpeteo de los pedazos contra el jarro de vidrio. Prendo todas las luces para que no se me escape ni una mota de tierra, amontono en la pileta las ollas que nadie lavó tras la cena de ayer, y dejo que el agua rebote y me regale su sonido sólido contra el metal.

El aseo resulta en un efecto vigorizante, y no sólo para mí: en menos de media hora está todo el mundo levantado y puteándose entre sí, como para darse ánimos y empezar el día con garra. Nadie pretende que con semejante actividad prepare el desayuno, así que en una de esas alguien encuentra un resto de iniciativa y hierve un poco de agua, se anoticia sobre cómo se ceba un mate, aprende los misterios de preparar un té.

Es de reconocer el respeto a mi tarea: No se me dirige la palabra, todos miran para otro lado. Me ha pasado que en el fragor de la faena se me nuble la vista, me olvide dónde estoy y conteste cualquier barbaridad, y a veces a los gritos. Y es una desconsideración, ya que todos y cada uno contribuyen a su manera para que no me falte trabajo el día que me toca limpiar.

La única contra es que quedo de cama. Termino y me mando a guardar. Me acurruco solita, mirando el techo, alguna peli o duermo. Es casi seguro que nadie asome la nariz hasta la cena. No sé por qué, pero pasa. Imagínense: echada y tapada hasta la nariz, con una culpa bárbara por no tener a nadie a quien atender. Soy una desagradecida, che. Dios me va a castigar.

Romualda, Jueves 20 de Mayo 41 comentarios Más Esclavitud