Los agujeros de la oscuridad
Estoy sola en casa. El nene salió con los amigos o la novia, y el otro a esta hora parece que no va a volver. Mejor. Desde donde estoy, sólo se ve el silencio romperse y dibujar la ventana en el techo cuando algún auto pasa por la esquina, dobla y también sale de mi vida. Hace rato que apagué la tele y me puse a contar los ruidos de acá y los de afuera, en un torneo imaginario que debía ayudarme a dormir.
La heladera trabando el mecanismo. Uno. El caño de la cocina mal cerrado. Dos. El ascensor deteniéndose en este piso. Dos a uno. La puerta del ascensor que se abre. Dos a Dos. La puerta del ascensor que se cierra. Tres a dos. Diálogo con risas de la parejita del departamento del fondo. Cuatro a dos. Se abre y se cierra el departamento del fondo. Perdí.
Acá sigue la nada, pintada de negro y vestida de hueco. Y lo que más miedo me da es que ya no me asusta. Lo más escandaloso del escándalo, decía la querida Simone - y decía bien - es que una se acostumbra.
¿Y si busco en la memoria las cosas que todavía me escandalizan y me armo otro torneo contra las que ya me acostumbré?
No. No tolero una nueva derrota sin aferrarme de lleno a la angustia. Voy a aguantar un rato más. Siempre cabe la posibilidad que sea hambre. Sí, debe ser que me quedé con hambre. Sí, eso debe ser.
