Mi vida y la Mirtha Legrand
A mí, que no pude conocer a Eva Perón, la vida me saturó de Mirta Legrand.
Los domingos y el otoño de mi generación son en blanco y negro. Y ahí, en ese hueco, junto a Grandes valores y la radio ladrándome de fútbol, ahí arranca en mi vida su presencia glamorosa a la hora de almorzar.
A Evita le hicieron altares y a la Mirtha le dedicaron la television. O se la pusieron a su nombre, porque entró y no se fue más.
Mi abuela la odiaba y no podía dejar de verla. "Mirá cómo se viste" "Cómo te mantiene la buena vida" "Cómo se puede ser tan frívola" Y la Mirta presidía los almuerzos, como un retrato en movimiento bendiciendo la unidad básica familiar.
Mi mamá la odiaba y no podía dejar de verla. "Mirá las joyas que gasta" "Con las operaciones que tiene, cualquiera mantiene la cara así: si podría ser mi madre" "Yo quisiera saber qué opinan los hijos, que no la deben ver nunca". Y la Mirtha alternaba sus manjares exquisitos, con nuestra milanesa y el puré.
Y acá estoy yo, comiendo sin poder dejar de verla. A veces, si almuerzo sola, fijate que le conversaría. La llevo viendo tanto tiempo ahí detrás de la pantalla, que pienso que me conoce más que mi mamá.
Me dan ganas de preguntarle, cuando la veo impertérrita, administrando ese chusmerío de lujo, esos gabinetes diarios, cómo se hace para convertirte en una foto eterna sin que te embalsamen, para que no te importe nada, para morfar un día con el innombrable, y al otro día comer con el presi frente al glaciar.
"La magia de la televisión", me va a contestar, seguro, como responde siempre.
Entonces trataría de sacarle en qué bazar o curso por correo te enseñan a administrar la magia, porque yo también tengo televisión, y lo mismo empiezo a envejecer. Las cosas no me pasan por arriba. Mi cara no brillará para siempre en sonrisa, como el rodete de Evita. No me da lo mismo una cosa que otra, mis duelos los hago en privado y a mi alma no le queda otra que empezarse a arrugar.
Seguro que la Mirtha entonces me leería un mensaje que diga "Romu estás divina, si adelgazás diez kilos y rejuvenecés veinte años, llamame" para levantarme el ánimo. Y después acotaría con esa sonrisa de coté "Pero querida! ¡Estos mensajes te lo manda tu familia!" Para aclarar de inmediato "Todos los días hago el mismo chiste."
Yo igual me reiría, por supuesto. Porque no tengo demasiadas opciones; si no me río me largo a llorar.
Y porque el público se renueva, claro está.
