Maníes en la niebla

Clarita - que tiene la cintura que una desearía en un alter ego - alterna el desayuno entre sorbitos de té con ruido, miradas glaciales y no dirigirme la palabra. Yo miro por la ventana del bar y pienso. Pienso en muchas cosas, algunas inminencias, y también pienso en cómo seguir haciéndome la tonta, y que cuele sin problemas.

- ¿Vos te vas a seguir haciendo la boluda? - muerde un microncito de tostada y me lanza por los ojos una cubetera- Porque si me voy a pelear fiero, por lo menos quiero una razón.

Del otro lado de la ventana está la calle todavía con niebla. No, parece que hoy no va a haber sol.

- Decime ¿yo alguna vez te botoneé? - sorbe el té como un gotero al revés - ¿Te quedé debiendo plata? ¿El conjuntito que te regalé te sacó ronchas? ¿Hablo en gran danés?

- El gran danés es un perro, Clarita - caigo en la trampa.

- ¡Ah! ¡Volviste! ¡Qué bien! - me encara con una sonrisa de inspector de la AFIP. - ¿Y? ¿Qué tal? Dame detalles: un dónde, un cuánto (vos me entendés), lugar, cositas...

La plaza parece un parque como deben haber en Londres. Así, con el verde fundiendo a gris niebla, y el manicero instalándose en la esquina. ¿Habrá maniceros en Londres, o venderán castañas como en las películas?

- No. Parece que voy a tener que preguntar en sueco - unta con frenesí y miel otra tostada - la dotación del coso ¿entraba en el sistema métrico decimal? El rendimiento ¿lo podías medir con cronómetro o calendario? ¿Te acomodaron las vertebras como fichas de dominó? ¿Los huesos te quedaron hechos cartílagos?

- ¿Te estás buscando un carterazo?

- No, estoy buscando información, pedazo de ingrata - abandona té, tostada y modales, y casi que se me echa encima - Qué ¿te olvidaste que lo más importante después de la chanchada es chusmearlo con la mejor amiga?

Cómo me gustaría conocer Londres, comprar castañas calentitas en Picadilly, y correr a los pesados a castañazos.

-¿Gritaste, por lo menos?

- Sí, grité, qué te recontraparió, grité - me gana por cansancio - Grité, me revolví, en un momento me rasqué una pierna que no era mía y me picaba igual. ¿Qué más querés saber, pedazo de atorranta?

Me mira despacito y se sonríe con una suavidad insoportable.

- Bueno, seremos dos las atorrantas, entonces.

Y yo no sé de dónde ni cómo, pero también me encuentro metida en medio de una risa que ahí nomás se convierte en carcajadas, me zarandea desde adentro, y no me quiere abandonar. Nos reímos a los gritos como dos trompos que perdieron el hilo y se chocan en algún lugar de una alegría nueva. No, en serio: no podemos dejar de reirnos, es más contagioso que el bostezo.

Y así salimos del bar, cruzamos por la plaza, y yo me saco el gusto y compro tres bolsitas de maní. Le regalo una al manicero, que no entiende dónde está el chiste, y nos perdemos en la niebla orientadas por el eco de la risa en el largo camino que nos queda.

Romualda, Jueves 03 de Junio 26 comentarios Más Bestiario