Teatro negro del amor

Polo y el nene están en el balcón. Hablan y toman cerveza. No escucho muy bien lo que dicen, porque el frío me obliga a tener la puerta ventana entrecerrada. Pero mejor. Les miro las siluetas recortadas contra las luces de la noche y el cerro, y me imagino la conversación que más me guste y mejor me siente.

Apago la luz de la cocina, entro al living a oscuras, me siento despacio para no hacer ruido, y me quedo viendo las sombras chinescas de estos dos extremos de mi corazón.

Es increíble con lo alto que está mi hijo, lo parecido que se puso a mi hermano. Sus perfiles mueven los labios de la misma forma, ladean la cabeza con idéntico vaivén, gesticulan igual. Parecen un juego de espejos, o esa figurita donde no sabés si estás viendo el jarrón o las dos caras, y la mirada se te bambolea.

Hablan pausado, como adultos que ya son los dos. A veces no dicen nada y miran hacia la ciudad. Entonces hay uno que levanta su vaso, da un trago moroso y lo deja en la mesa. O el otro reinicia la charla. Si entrecierro los ojos llego a ver el humito saliendo de sus bocas.

Puedo pasarme el resto de la noche así, con el ritmo de mis latidos sincronizados a sus movimientos, hasta que los tres seamos un solo animal lánguido que ronronea en la oscuridad.

A veces la vida es tán fácil, que da miedo.

Romualda, Jueves 10 de Junio 37 comentarios Más Cuore