La historieta de mi vida

Mi heroína de la adolescencia no fue la Batichica, Gatúbela, ni mucho menos mi mamá. En mis años de carne firme, yo soñé ser Cachorra Bazooka.

Cachorra era la partenaire de Isidoro, el Rey de los Playboys. Era joven, preciosa, con plata, y sólo si la enfocaban de perfil podías verle una nariz ñatita. Le hacía el cuento de la beneficencia al tío de Isidoro, y salía a reventar la noche con su amigo, en jodas tan inocentes como hoy es imposible imaginar.

Y además había un ingrediente misterioso y envidiable en la vida de Cachorra: su abuelito el general. Así lo llamaba ella: abuelito. Y abuelito jamás aparecía, nunca estaba. Amagaba con meterse al cuadro, y zas, lo mandaba a llamar La superioridad. Qué manga de pavotes: creíamos con ojos abiertos que el ejército argentino tenía una superioridad capaz de fletar un general de la reserva a misiones urgentes e imposibles a los más raros confines del globo.

Yo alucinaba.

¿Cómo será ser joven y linda (yo me sentía así: joven y linda), pero con una billetera llena, viviendo en la mansión de un pariente que me adora desde distintos lugares del mundo?

A mí, que tuve desde chica una relación tirante con mis padres, ese estado me pintaba como el ideal. Yo deseaba, rogaba ser como Cachorra y rodar suelta por una vida de eterna diversión.

Algún tiempo después leí en el epígrafe de un libro melancólico y feroz que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas, sin sospechar que algún día lo iba a merecer.

Me casé joven. No debí haberlo hecho.

Si existieran la ley, la justicia y todas esas cosas que parece que están pero es mentira, cualquier funcionario público; qué digo funcionario: cualquier ciudadano con carnet debería tener el derecho a parar una boda de menores de treinta. En el Registro Civil tendría que decir, como en los bares del centro "Se prohibe la entrada con perros y menores de treinta que se quieran casar".

Años estuve al lado de alguien con quien después del primer tiempo, nunca supe por qué. De a poco se me fueron desdibujando los bordes de la persona con la que compartía vivienda, hijo y existencia. No soy tonta y la física no engaña: sabía que había un cuerpo más dando vueltas por la casa. Pero al final esas cosas son como la lluvia, que se escucha como quien oye llover.

Se me hizo malamente la fantasía del abuelito en tránsito. Viví a la par de una ausencia que desde hace mucho no entra en la viñeta de mi vida ni siquiera para preguntar.

Jamás hablé en este lugar de mi marido, y ahora que se ha ido no voy a empezar.

Ayer a la noche mi cuerpo giró en el sueño y quiso detenerse en un reflejo dormido. No encontró límites que se lo impidieran, completó la vuelta y me dejó de cara al techo en la otra parte del colchón. Casi de inmediato abrí los ojos y no los pude volver a pegar.

En ese instante casual supe que salí de la historieta para siempre. Y el resto de la noche no pude más que llorar.

Romualda, Domingo 11 de Julio 48 comentarios Más Negrura