Poder purificador de la puteada.

Reviso lo último que escribí, y estoy más malhablada que la mierda. Qué diría mi abuela si me leyera carajear así. Me mandaría a cagar a los yuyos, me lavaría las letras con jabón, me daría de patadas en el culo (la sobri se ríe).

Me importa un sorete. Me siento relajada, desatada, coleóptera. Puteo y es como si bailara.

En el único texto de Galeano que me acuerdo, de esos cortos que le dio por escribir ahora que además de viejo se puso vago, hay un caso así. Una mujer mayor, abuela del que cuenta la historia, está en el lecho de muerte. Persona muy correcta y envarada durante toda su vida, manda a llamar a su esposo y lo hace sentar en una silla al lado de la cama.

¡Y lo baldea con un rosario de puteadas que hace temblar las paredes!

Los nietos, azorados. Jamás han visto a su abuela zarandear la lengua así, y mucho menos al abuelito. El hombre soporta estoico las horas, que se hacen toda una noche, y cuando termina de recontrarequeteputearlo, la mujer muere con una sonrisa en los labios.

¿Será así? No sé, ni me importa una mierda.

Dicen que el fuego purifica; yo siento que después de una ducha soy otra. Pero nunca me ocurrió esto de arrojar palabrotas al destino y que me cosquilee el cuerpo.

Ni cogiendo he puteado como ahora. Puta madre... ¡el placer mixto que me he perdido!

Supongo que se me pasará, como todo. Como la espuma, la cintura, o el rubor.

La primera mala palabra la dije en la escuela, qué pavota. Me la enseñaron unos compañeros, fundando con ese gesto una amistad de por vida.

La última no sé, ahora que le agarré el gusto.

Hay gozos que no prescriben. No llevan al dorso fecha de expiración. Y son más fáciles de alcanzar que caerse de orto.

Romualda, Jueves 22 de Julio 64 comentarios Más Bizarria