Una habitación con masas
- ¿Y no te querés venir a vivir conmigo? - remueve clarita el té. - De paso compartimos los gastos.
- Clarita, yo tengo hijo y vos marido. ¿De qué me estás hablando?
- Ay, cierto, tengo marido - seca la cucharita en la servilleta - Menos mal que me hiciste acordar.
Estamos tomando el té en un bar que no conocía, mientras buscamos en los clasificados. No hay casi nadie, estamos solas.
- La verdad que me sorprendiste - me mira a los ojos como sopesándome. - no te creí capaz de tantas decisiones juntas.
- La vida te da sorpresas.
- ¿Ah si? No me digas: dos hijos tengo - se retoca las pestañas mirándose en el cuchillo de la manteca. - Pero igual. Te deseaba capaz. Pero no te creía.
- Clarita ¿Podemos cambiar de tema?
No aparece nada acorde a mis posibilidades, ni en una zona decente.
- Nada, che. Nada de nada - cierro el diario. - Para una vez que busco departamento, parece que se puso de moda pedir gansadas.
La tarde no se va: se deshilacha.
- ¿Por qué no te tomás unos días? - se retoca las uñas con el tenedor del lemon pie - Vos necesitás vacaciones y zarandeo; eso necesitás.
- ¿Poco zarandeada estoy? - la escruto con ojos de noche en vela - ¿Todavía más zarandeo, Clarita? Te aclaro que te entendí. Pero no me parece.
- Y yo qué sé. Cuando estoy nerviosa o mal, doy vuelta a la bestia, le exijo que cumpla y me quedo lisita.
Qué oscuro se pone de noche. No me había dado demasiada cuenta.
- Ya no sé ni quién soy, Clari. Ni adónde me he ido.
- Dejate de joder - me agarra la mano fuerte. - Estás ahí adentro, metida como un oso. Apenas haya un motivo vas a salir de vuelta.
Por lo de oso le pegaría. Por lo otro le frotaría los cachetes hasta ponérselos como frutillas. Pero no. Achino la mirada y se la fijo. No hay caso. No puedo con mi genio.
- Clarita ¿Vos te teñís?
