Mi dulce nenito

Desde que el nene entró en la edad de noviar y quedarse de farra afuera, yo opté por autorizarlo a que traiga la novia a dormir.

No, no soy moderna, y al principio no pegaba un ojo y sufría como una perra, pero prefiero saber adonde está, si lo mismo va a andar como gallo en celo. Este no es el mundo en que yo crecí y me crié, y sacrifico hacer que me hago la tonta, para ganar el resto en seguridad.

Así que no es noticia que la chica se quede en casa, como tampoco que la gorda malhumorada de mamá salga a comprar preservativos a horas indecibles, porque el pavo está grande para bajarse solo los pantalones, pero no para acordarse de que todo poder conlleva una responsabilidad.

Ayer a la noche volví tarde, y ya la puerta de su pieza estaba cerrada, y adentro sonaba música y las risas que son mi remedio para no dormir. Por eso cuando a las cuatro de la mañana me golpearon la puerta del departamento, casi me agarra un patatús.

- Abramé por favor, Doña Romu. Soy Leticia.

¿Leticia? ¿Entonces en la pieza del nene...?

No tuve tiempo de terminar la pregunta, porque me vi metida de golpe en una de esas películas de Chaplin donde la gente camina más rápido, y vuelan por el aire hasta los postes.

Salvo que las películas de Chaplin eran mudas, y acá la Leti era cualquier cosa en ese momento, menos silenciosa, y menos que menos manca, porque le estaba redecorando el cuarto a mi hijo con un sentido de la dinámica y un vanguardismo con respecto a la ley de gravedad, que incluso de a ratos daba la impresión que las cosas se desplazaban por el aire.

Era tan impresionante el espectáculo, que yo acerqué una silla a la puerta de la pieza y me senté calladita a ver.

Lástima que no pude reconocer la cara de la otra chica, que pasó tan rápido a mi lado, mientras la Leti corría detrás de ella tratando de alcanzarle la cartera.

Después la película se puso un poco repetida, sobre todo en los diálogos y los decibeles, pero ya se sabe que a las cuatro de la mañana tampoco hay demasiado en el cable para ver.

Así que incluso cuando la Leti se había ido cerrando la puerta a lo Romu, y el nene todavía estaba como despertándose debajo de un camión, yo me quedé sentadita, mirándolo fijamente, sin decirle nada, claro está.

Y él se acostó como pudo y apagó la luz, y yo prendí la luz del palier, y seguí sentada frente a la puerta, ya que total lo mismo no me iba a poder dormir. Y quería que mi mirada fuera lo primero que viera al otro día.

Porque ¿qué mejor para un hijo que encontrarse al despertar con su madre sentada en frente a su habitación, mirándolo muy fijo, vigilando su sueño y no dejando que se le pierda la memoria?

Romualda, Jueves 19 de Agosto 80 comentarios Más Bizarria