Embole olímpico

Si estos últimos días hubiesen caído meses atrás, el televisor de mi casa hubiera pedido perdón a gritos, y al control remoto se le hubiera desteñido la misma tecla.

Pero ahora que estoy sola y con el nene en capilla, pude disfrutar de quince días de maravilloso silencio.

Entre las cosas que me resultan irritantes de la condición humana que tengo cerca, está la fascinación instantánea con los temas colectivos que impone el diario Clarín, y todo ese tipo de gente.

¿Cómo voy a tolerar el comentario laudatorio sobre el lanzamiento de jabalina de alguien que seguro en su casa es incapaz de salir a tirar la basura?

¿Gente que en su vida corrió para tomar el bondi, porque ya nacieron en casa con auto de pronto se vuelven expertos en maratón?

Además, seamos serios. Lo admirable que tienen estos chicos que se matan a disciplina, tesón y anabólicos, es que no cejan en la búsqueda de un logro que los vuelva inmortales.

Y los cebúes que se ponen cerveza mediante delante de una pantalla a eructar records que acaban de soplarle los comentaristas, el único empeño que tienen es el de dejar las cosas sin terminar, y que venga por atrás la burra emparchando el resto.

Ya los mundiales son un karma, pero bueno. Acá el fútbol parece que es la única religión homologada, así que no queda otra que bancársela.

Pero las olimpiadas... madre mía. ¿Cómo puede alguien prenderse con solvencia a algo de lo que no entiende ni papa?

¿Cómo se puede babear frente al mamotreto kistch - que con lo que cuesta morfaría varios días un país entero del tercer mundo - con el que abren y cierran los juegos, como si fuera una obra maestra de arte contemporáneo?

No sé, y gracias a Dios se terminaron.

Tengo cosas más interesantes que planear no ver en cuatro años.

Romualda, Domingo 29 de Agosto 59 comentarios Más Miradas