Siempre llega dos veces
He recibido una carta por el correo temprano. Acostumbrada que estoy a esto de los mails, me sorprendió el rectángulo blanco sobre el piso, y la estuve mirando unos segundos hasta entender del todo.
El sobre no tenía ventanita: no era una factura ni propaganda de esa que no pedís e igual te mandan. No tenía remitente, no tenía estampillas ni sello alguno de franqueo postal.
Solamente una frase, a modo de destino: "Romu ¿estás?"
Abrí el sobre y me senté con la cartera, la carpeta con los trámites y las llaves en una mano, como para darle un vistazo rápido e ir teniendo una idea.
Así me agarró el mediodía. Con la cartera, la carpeta con los trámites y las llaves en una mano, la carta en la otra, moviéndose despacito con el aire que entraba por la ventana del comedor, y la mirada de pavo fija en un punto de la pared.
Un punto que atravesaba la pared hacia afuera, lejos. Allá donde la vida son los barcos y esas cosas.
