El día de mamita

Ayer me sentí una princesa. Más: una reina. Mejor: una emperatriz.

Tempranito, con las cortinas que se movían con la brisa fresca de la mañana, el canto de los pájaros en las ramas de los pinos del jardín, mi marido entró a la habitación, envuelto en la minibata negra de seda con el dragón en la espalda que le regalé para la primera vez, trayendo la bandeja con el desayuno y una flor entre los dientes.

Lo dejó sobre la cama, cerró la puerta con llave, bajó las persianas y quedamos en penumbras. Puso ese disco de jazz que guardamos en el velador, encendió la ducha, se desvistió despacio y me dijo al oído, mientras arrancaba la sábana de un tirón "juguemos a ese día en que empezaste a ser mamá".

¡Ma-mi-ta!

Después de jugar un rato largo, largo, me alzó en brazos y me llevó a la ducha, y seguimos jugando un rato más, sofocados bajo el vapor. Sofocados, muy sofocados. Así que me corrí como pude de abajo de los chicos y del perro y me desperté.

¡Ya no son ningunos bebés y pesan una tonelada!

En la mesa de luz mi marido había dejado una nota avisando que se iba a jugar al fútbol un rato y después venía con la carne para el asado.

Bueno, sí. Pasamos un día lindo.

Clarita, Domingo 17 de Octubre 28 comentarios Más Clarita