Dos veces en el mismo río
Yo crecí en una casa chorizo, vieja y con patio abierto a la luna.
En una provincia calurosa, con meses de verano que no terminaban ni en julio, cuando el toldo se corría era como respirar.
En el fondo ahogado de la pieza, mis padres tomaban de golpe una decisión que era la cifra de mi alegría: sacaban el colchón de la cama grande y lo tiraban de cara al cielo, a un río lácteo de promesa y constelación.
Yo abría los ojos grandes, grandes como para que se me quedaran pegadas las estrellas, y así me dormía desnuda, abrazada a los dos.
Cuando llegué al lugar en el que buscaba sosiego, dejé el bolso en el suelo, me tiré en el sillón grande, y así como venía me dormí hasta que se cayó el sol.
Me despertó el viento entrando por la puerta que ni llegué a cerrar, y el olor a árboles desenrollándose en lo oscuro.
Salí y arriba estaba el río, corriendo eterno desde mi pasado hacia vaya a saber qué porvenir.
Ni sé de dónde me nació, ni en que misteriosos corredores me desplacé. Llegué a la habitación sin tropezarme con los muebles, me desvestí entera, saqué la sábana de la cama y me envolví.
Bajé los escalones, caminé descalza por el pasto y cuando llegué a un claro estiré la sábana y me acosté.
Abrí los ojos grandes, muy grandes, como para llorarme todas las estrellas de un trago, y así, de a poco, encontré ese lugar del que ya ni me acordaba.
Y despacio, muy despacio, empecé a volver.
