Palito, vasito, bombón
A la noche, cuando menguó la sed, nos subimos al auto y bajamos a la ciudad para buscar helado.
No hizo falta llegarse muy al centro. Casi al pie del cerro había un par de bares, un cyber y una heladería.
Yo siempre pensé que en las terminales de ómnibus está decantada la quintaesencia de las provincias argentinas. Que todo lo barato, lo precario, lo ordinario, lo grasa está alrededor de la zona donde sube y baja gente de los bondis, por lo general los que vienen y van al interior.
Cuando viajás en un trayecto largo - a la Capi, por ejemplo - se te produce una cosa rara, porque bajás a la madrugada en estaciones que parecen siempre el mismo sitio. Y ahora me pongo "literaria" y arranco con la metáfora de que todo viaje te lleva al mismo lugar...
Otro día. Ahora estábamos en la heladería al pie de la montaña.
Bueno, así como la terminal de ómnibus parece un territorio de desprecio, donde los planificadores urbanos y los comerciantes ligeros ubican todo lo mersa en pocos metros cuadrados, la heladería es como un oasis en el desierto provinciano del norte del país.
La gente que vive en ciudades grandes (no quiero decir los porteños, por que acá a veces eso es un insulto), se hacen la fantasía de que en las urbes todo es humo, y gris, y feo, y en el interior reina el campo y la fantasía.
Y no, más bien que no es así. En una capital del interior llevás la misma vida miserable que en Buenos Aires, pero encima es más chico, nos conocemos todos y no te podés esconder. Así que de lunes a viernes es muy difícil acordarse de que estás en un lugar que a minutos te ofrece un poco de verde.
Salvo cuando entrás a la heladería de cualquier barrio.
Que en realidad entrás para pedir el helado, y después salís a comerlo en las sillas de la vereda, a ver pasar los autos, que la noche fluya y los problemas se desvanezcan.
Si hace calor, el pistacho con triple chocolate al ruhm o con almendras le pone una barrera. Si los chicos de la familia de allá hacen lío, estás tan ahí, en el ritmo de la cuchara, lo dulce y lo fresco que ni te das cuenta.
¿Cuánto dura un helado? Una eternidad. Pero una eternidad que vale la pena. Al cielo me lo imagino así: una eternidad de americana y frutilla a la crema.
El único silencio leve, sin obligación ni peso, es el de dos, cada uno con su cucurucho, en la puerta de una heladería. Todo se vuelve natural y fresco, hasta a los conocidos los recibís con otra distensión.
- ...Y él es Bruno - me encontré diciéndole a una compañera de oficina y el marido, que nos vieron y de puro chusmas se acercaron a saludar. Me tuve que bancar las miraditas complices que se intercambiaron entre los besos y apretones de manos.
Mi abuelita me lo decía, y mi abuelita era sabia: los helados van a ser mi perdición.
