Los secretos sean unidos
Hace mucho que no hablaba con Polo.
Bah, con Polo ya casi ni hablo. Casi siempre terminamos a las patadas y además no nos podemos engañar. Las cosas importantes las decimos con los ojos y a una velocidad que está fuera del tiempo.
Él suele decirme: "Romu, si fuéramos pareja de Truco, hace rato que habríamos ganado algún mundial."
Así que cuando me sonó el portero eléctrico con ese tono tan particular, me empecé a hacer a la idea de que el día iba a ser especial. Y podía terminar movidito.
Porque a mí me pasaba con el teléfono (no con esta porquería de inalámbricos; con el viejo, el de cable grueso y baquelita negra), que según cómo sonaba, yo ya sabía quién era antes de ir a atender. Y con el portero mantengo el instinto, lo que me da tiempo a prepararme antes de que se estacione en mi piso el ascensor.
Por eso cuando Polo entró yo ya había desparramado en la mesa - como sin querer - las últimas revistas, la pava ya estaba en el fuego, y la ducha preparada para entrarme a bañar.
Le dí un beso, le pregunté por la sobri, le dejé el café en la mesa, y me empecé a mover muy apurada, como si se me hiciera tarde para llegar algún lugar.
Polo es más predecible que el índice de desempleo, así que me contestó las frases de rigor mientras hojeaba la crónica política y saturaba la taza de azúcar, como si más que beberlo lo quisiera masticar.
Yo me metí en el agua a ver cómo terminaba de zafar - acá las noticias vuelan más rápido que el Concorde y duran menos como novedad - y mientras me lavaba la cabeza me acordé de un chisme que daba para media hora, despedida incluida y besos en la puerta.
- ¿Te acordás de la Ñata, la que vivía al frente de casa, la de la mercería? - salí refregándome la pelambre y a servirme un poco de café - Bueno, parece que el sobrino soñó algo, lo jugó a la quiniela y sacó un vagón de guita.
- Si querés le digo a Bruno que lo invite, así también festejamos eso - dejó caer sin levantar la mirada de las hojas. - El Domingo en casa comemos todos. Lucio y la Leti también.
Me dejó muda, y mirá que a más de uno le cuesta.
- Vos te encargás de la ensalada, hermanita - me sonrió desde abajo el muy estúpido. Esta vez al asado lo hago yo.
Le tengo que dar la razón al imbécil éste. Con o sin flor, igual arrasábamos.
