Trópico de soda

Hoy me suena el portero en esa forma que yo ya sé, así que preparé el balde con agua en el balcón, por si las moscas, me armé de paciencia y atendí.

-Sí, diga.

- ... Acá es... ¿Romualda?

La voz parecía pero no era.

- Sí, ¿que acaso le agarró la amnesia de las telenovelas?

- Perdone, señora... mi papá está enfermo y me anotó los clientes, pero es mi primera vez...

Uy, Dios. ¡El hijo del sodero! Pobrecito, no tiene la culpa del padre que le tocó, criaturita.

- Esperá querido, ya te abro - le dí piso y dirección, y apreté el portero. No lo quise cargar con demasiado peso, a ver si se lastima. - Subime uno nomás, hijo.

Tocó el timbre corto, con timidez. y le abrí la puerta, mientras me secaba con el repasador.

Para qué. Casi me muero ahí, con un termómetro atravesándome los pulmones.

El hijo del sodero, el nenito que traía en la caja del camión, al que yo le regalaba siempre un chupetín, también había seguido cumpliendo años. Y ahora tenía parado enfrente a un veinteañero musculoso de trabajar, bronceado de trabajar afuera, con barba de dos días, y una mata de pelo revuelto que me dejó sin habla.

- ¿Se lo pongo adentro? - me preguntó como pidiendo permiso, con unos ojitos de perro con las pantuflas en la boca, que me quedé colgada como una pecé - ¿O lo agarra usted?

- No, vení, ponelo adentro - no me reconocía la voz ni la boludez que me subió a la cabeza, junto con los calores - Entrá hasta el fondo... ahí, en la cocina.

Me quedé en la puerta viéndolo moverse como una pantera cruza con caballo árabe, ¡y tenía ganas de tirarme del balcón de lo estúpida que me estaba poniendo!

- ¿No va a querer otro? - Me preguntó con la inocencia que dan la belleza y la juventud - mire que con esta temperatura...

- Todos los que puedas - me escuché decir de un tirón, como si no fuera yo sino una de esas de las novelas mejicanas - Tampoco quiero que te desgarres.

-¿Desgarrarme? - Me sonrió, ahí sí medio pícaro - Con este chasis tengo aguante para rato, doña, no se preocupe.

El doña me volvió a la realidad, pero por poco tiempo. Cuando volvió a subir, con cinco sifones en cada mano y los tendones marcados en los brazos, le pagué rápido, cerré con llave y me metí a la ducha.

Y con el vapor éste, creo que antes de la noche me vuelvo a bañar.

Romualda, Martes 14 de Diciembre 65 comentarios Más Bestiario