Un cuentito de navidad
Era otra vez veinticuatro por la noche, y como siempre, la pasábamos en casa de mi hermano.
Según la rutina yo fleté a los hombres primero - a mi entonces marido y a mi hijo -, y con ellos los regalos, cosa de maquillarme y vestirme con toda tranquilidad. Con la seguridad, además, que la casa quedaba limpia, el gas apagado y cerradas las cañerías, cosa que con varones revoloteando cerca es imposible garantizar.
Nomás entrar al baño me di con que en donde debía haber papel higiénico sólo colgaba un cilindro de cartón que me miraba mudo pero como riéndose de mí en plena cara. Corrí a la alacena de la cocina, y oh, sorpresa: una bolsa de plástico de esas de cuatro rollos, pero sin rollos y lista para tirar.
Me empezó a subir el colorete del cuello para arriba de una manera... que me temí lo peor: si no hay papel, clavado que me vienen ganas. Así que así como estaba, de jogging y ruleros me mandé de raje para el ascensor.
Bajé que me moría entre la bronca con los fulanos de mi casa y miedo por la posible llamada de la naturaleza; el espectáculo debe haber sido entre patético y atemorizador. La enfermera de la vieja del séptimo, que se marchaba para su casa me miró como recién depositada de una nave alienígena, y más cuando abrí la puerta, le deseé feliz navidad a velocidad jumbo y volé bajo hasta la farmacia de la vuelta.
Cuando volví con cuatro fardos de seis rollos cada uno, ya eran casi las diez de la noche, y ni siquiera me había entrado a duchar. Así que hice todo de golpe, con el ánimo masticando tachuelas, me calcé el dos piezas como venía, cerré todo y llamé un remise.
Era tanto el ahogo por tener que apurarme después de empezar con tiempo de sobra, que sentía que las paredes se me venían encima, el techo bajaba a pique y el piso se movía de acá para allá. Dejé la luz del balcón prendida, puse música para que pensaran que había gente en el departamento puse llave y fui al encuentro de mi amigo el ascensor.
Y cuando llegué al palier, casi me caigo de cú. Contra la puerta había derrumbado un cuerpo. Me quedé dura. No sabía si acercarme o volver a subir. Pero la curiosidad y la hora pudieron más, y de a un paso por vuelta me le fui poniendo a la par.
Arrodillada, con la cabeza gacha, una mano en la puerta y el bastón caído aferrado a la otra, la vieja del séptimo respiraba tan quedo, que casi parecía en la antesala del cajón. Dejé el arrollado que llevaba en el suelo y la intenté levantar. No pude, era casi peso muerto de lo poco que le quedaba de voluntad. Estuve un rato forcejeando y transpirando el maquillaje, hasta que un tipo me golpeó la puerta desde afuera: el chofer del remise.
Como no podía moverla, le pasé al muchacho la llave por debajo, y entre que la agarré por los hombros, y que el otro empujaba con fuerza, logramos abrir la puerta, y la metimos en el ascensor y de ahí al departamento. La sentamos al lado del teléfono y esperamos un rato a que la mujer tomara conciencia de todo el sofocón. Cuando la vimos marcar un número y hablar con la hija, nos quedamos un poco más tranquilos y salimos de una vez del edificio.
Durante todo el viaje llevé una cosa agarrotada acá en el cuello, que parecía que tuviera nuez de adán.
Nunca me voy a olvidar de esa mujer, la noche de veinticuatro de diciembre, como la postal más clara que recuerdo de la resignación.
Una pobre vieja en el piso, que no puede pararse sola, y se deja estar ahí, hasta que sea, porque sabe que es nochebuena, y lo más probable es que el edificio esté vacío y a esta hora nadie la pueda socorrer.
No deja de tener lógica ¿no? Todos encerrados de a racimos en las casas no hacen más que blindarles a los solos su soledad.
Le pedí al chofer que fuera despacio, y el chico fue comprensivo. Por más que fueran casi las once de la noche y la avenida estuviera en onda verde, todavía teníamos un exceso de viaje a desandar.
Así que hablamos del calor, de cómo pasa el tiempo y esas cosas.
Y después la familia y el brindis, claro está.
