El vacío que se avecina
El departamento de al lado del mío estuvo vacío un rato largo. No me había dado cuenta que me acostumbré al silencio y a la tranquilidad, hasta esta semana, que se mudó la nueva vecina.
Lo primero, la música que traspasa las paredes. Por ahora no voy a decir nada, pero si la cosa va de fiesta un martes a las tres de la mañana, ahí te juro que me va a oir. La chica parece una estudiante de otra provincia, que es lo único que justifica que le de al folklore y al chingui chingui electrónico sin solución de continuidad.
Lo segundo, claro, la fritanga que se mete por el balcón. ¿Será de Dios que lo único que una chica de veinte sepa hacer es tirar un bife, una milanesa o un par de huevos en un colchón de aceite? ¿Cómo hace para vivir después en semejante caballeriza? Ojalá la naturaleza sea generosa conmigo y le cambie el metabolismo diez años antes, cosa que ahora mismo arranque con las ensaladas y las lasagnas de heno.
Y lo tercero, los novios. Hay un bolonki para la que una está preparada; ruido de elástico, muebles que se mueven, gritos a la madrugada. Pero que un par de pavos grandes se persigan corriendo por el departamento y peguen alaridos cuando el otro lo agarra, esa es nueva. Parece que la oligofrenia es parte de ser joven en el nuevo milenio.
Ayer me la crucé en el ascensor, bajaba con una compañera de estudios. Otro día reproduzco el diálogo - bah, el intercambio de monosílabos - mechado de masticar chicles y mandar mensajes de texto.
Lo que sí, me quitaron las ganas de volver a los veinte. Me imagino con veinte años ahora, y rodeada de semejantes copilotos me sentiría más sola que en la serie esa donde el avión se estrella contra la isla desierta.
Otra cosa fueron mis veinte años en el el momento en que lo fueron. Pero tampoco. Más peligroso todavía es pedirle al tiempo que vuelva.
