Sociedades anónimas

Con Bruno nos llevamos bien. No tenemos ni un sí ni un no. Él a veces se queda acá; yo a veces me quedo en su casa. Sacamos sin consultar al otro un devedé del video club, y nunca falla. Si yo cocino, él lava; yo lavo si le toca cocinar.

Además de tener una conversación natural, los silencios no nos pesan. Él forma parte de mi paisaje, yo de la panorámica de él.

Y ahí me dejó de gustar la historia.

Ya hace unas cuantas veces que "la cosa" no es como antes. No me malentiendan: funciona y funciona bien.

Por eso mismo.

Ni yo nací para ser el árbol del paisaje de nadie, ni busco en "la cosa", algo que "funcione bien". Que me "funcione bien" la licuadora o que me "funcione bien" el microondas, claro; para eso están. Pero cuando yo me meto en "la cosa", me meto porque me quiero perder. Quiero que un viento eléctrico me haga puré, me desarme el nombre en tantos pedacitos que no los pueda contar ni apoyando en cada uno las yemas de los dedos.

- Corazón, esto no va ni para atrás ni para adelante - se me salió mientras fumaba el cigarrillo.

- Yo lo veo al revés: esto podría durar para siempre - me contestó desde algún lugar de la cama.

- De eso mismo te hablo - largué una bocanada como para orientar barcos en la oscuridad. - De que esto, y así, ya es un destino.

- Mmm.

- Primos no, Bruno. Así se empieza - apagué la colilla de memoria en el cenicero del velador - Prefiero parar antes de llegar a hermanos.

- Mmm - redundó. - No sé qué decirte.

- Dejá, no hace falta - me dí la vuelta y me tapé hasta la nariz. - Está tan claro que encandila.

Antes de dormirme sentí cómo se daba vuelta y se arrebujaba él tambien bajo las sábanas.

No fue la peor manera de decirse chau.

Romualda, Miércoles 12 de Octubre 25 comentarios Más Esclavitud